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El Secularismo y la Libertad Religiosa: Parte 3 de 3

El secularismo y la libertad religiosa

Como ya hemos establecido, una parte esencial de la libertad religiosa es una adecuada separación del estado y la religión. Esta separación iglesia-estado es un concepto legal y político que establece que las instituciones del estado y las iglesias estén claramente separadas y que una no intervenga en la esfera de acción de la otra. Cuando este proceso tiene éxito se logra lo que denominamos un estado laico o aconfesional. Los niveles apropiados de laicismo en la sociedad no solo son deseables, sino necesarios para proteger y perpetuar la libertad religiosa.

Sin embargo, así como el extremismo religioso puede ser pernicioso para la estabilidad social, la búsqueda de una separación clara entre el estado y la religión no debe conducir al secularismo extremo, el cual parte de la premisa de que las decisiones y actividades públicas del ser humano, tanto políticas como sociales y económicas, deben ser gobernadas en función de la experiencia, las pruebas y los hechos, antes que basarse en el pensamiento o la creencia religiosa.

Sin embargo, es interesante notar como aun dentro de un estado secular se aplauden las acciones buenas que son fruto de la religión, mientras se intenta marginalizar las creencias y prácticas religiosas que dan origen a las mismas. Esto nos parece en cierto modo insensato.

La libertad religiosa ha sido cada vez más afectada por la idea de que la práctica religiosa no es un asunto público, sino eminentemente privado. Por lo general, esto nos resulta desconcertante, pues no es saludable para la sociedad en general que la religión sea confinada a la esfera de la vida privada sin mayor incidencia en la vida pública y la forma en que se vive en sociedad.

Aparentemente, la tendencia es que el secularismo siga en aumento, particularmente en las naciones económicamente más desarrolladas, mientras que en las naciones en vías de desarrollo la diferencia entre la visión de la sociedad y la de la religión parece ser menos marcada.

El secularismo en República Dominicana

Como muchos otros países latinoamericanos, la línea que separa al estado y la religión en la República Dominicana no está muy clara, especialmente a partir de la suscripción de un concordato entre el estado dominicano y el estado Vaticano que data de 1954. Este concordato regula la enseñanza privada básica y superior, la financiación de la Iglesia y su participación en la vida civil, el administrar beneficencia, entre otros privilegios especiales. La naturaleza de la relación entre la Iglesia Católica—reconocida como “oficial”— y el estado dominicano, describe el modelo del estado dominicano como uno confesional donde más bien que libertad religiosa plena existe una amplia tolerancia a la práctica religiosa no oficial. De este modo, por definición, podemos establecer que el estado dominicano no es secular, particularmente por la alta incidencia del pensamiento religioso en los asuntos públicos.

Grupos muy reducidos de la sociedad civil, la clase intelectual y grupos de tendencias más liberales propugnan por un aumento en los niveles de secularismo y una separación más clara entre el estado y la religión.

Ahora bien, en República Dominicana, así como en otros países, el secularismo extremo supone amenazas sobre la libertad religiosa y la facultad que los grupos religiosos podrían tener de vivir los preceptos de su religión. Al mismo tiempo, la asociación virtualmente inseparable—desde el punto de vista institucional— entre el estado y la religión, evidente en muchos países de Latinoamérica incluyendo la República Dominicana, es una práctica que afecta considerablemente la libertad religiosa, ya que resta credibilidad a la religión por sus propios méritos, incrementa el nivel de control e influencia del estado sobre las instituciones religiosas, socava su independencia y da paso la inequidad e injusticia entre los diferentes grupos sociales, tanto religiosos como no religiosos.

El equilibrio: la sana cooperación gobierno-religión

El gobierno y la religión son como cualquier matrimonio con desafíos de convivencia, pero que aun así no pueden vivir completamente separados. El divorcio no es una opción. La historia nos enseña que el gobierno y la religión tienen sendas distintas, pero paralelas. La felicidad y el éxito de uno dependen del bienestar y salud del otro. Ambos prosperan cuando se cuidan mutuamente.

La importancia del gobierno para la salud de la religión es obvia. La religión no puede sobrevivir sin la libertad religiosa, pero también la religión, que enseña principios, es importante para la viabilidad del gobierno. Cuando la ley amenaza la observancia religiosa y margina el pensamiento religioso, la sociedad cultiva una generación sin valores espirituales. Bajo estas circunstancias, el gobierno procura mantener el orden público mediante leyes seculares y castigando a los infractores, pero esto no es sostenible a largo plazo. Como dijo Boris Yeltsin, el afamado político ruso del siglo pasado: “Se puede construir un trono de bayonetas, pero es difícil permanecer sentado en él por mucho tiempo.”

La conciencia moral colectiva que brinda la religión es imprescindible. ¿Quién pondría en duda que los problemas más grandes del mundo no son políticos ni económicos sino espirituales?  El racismo, los crímenes violentos, el incremento del narcotráfico y el sexo ilícito con sus consecuencias son todos problemas espirituales cuyas soluciones también son espirituales. Nunca habrá suficientes prisiones para encarcelar a todos los criminales que produce una sociedad en donde falta la moral, el carácter y la fe. Estos atributos se inculcan mejor mediante la observancia religiosa que por la dictadura de la ley o la fuerza pública.

La Biblia, por ejemplo, enseña valores espirituales. En el Sermón del Monte, Jesús contrastó la ley escrita en los libros con la ley escrita en el corazón:

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de  juicio—refiriéndose a la ley escrita en los libros— pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano—haciendo referencia a la ley que se escribe en el corazón del ser humano— será culpable de juicio.” (Mateo 5: 21-22)

Así mismo, estableció:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio—refiriéndose a la ley escrita en los libros— pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón— haciendo referencia a la ley que se escribe en el corazón— (Mateo 5: 27-28)

Mientras que el gobierno hace cumplir la ley escrita en los libros, la religión enseña e insta a obedecer la ley que se graba en el corazón.  Los que observan la segunda rara vez violan la primera, pero cuando los asuntos del corazón se dejan de lado, el mecanismo del gobierno y el aparato social se tornan inoperantes. Mientras el gobierno regula que los ciudadanos se sujeten a un comportamiento decente y moral, la religión se enfoca en que deseen comportarse de una manera decente y moral.  El gobierno trabaja de afuera hacia adentro, mientras que la religión trabaja de adentro hacia afuera.

De este modo, vemos que la religión y el gobierno deben caminar de la mano por la senda de la historia, cada uno respetando la independencia del otro y apreciando la contribución esencial que cada uno hace a los fines de construir una mejor sociedad..

Conclusión

La libertad religiosa, tradicionalmente ignorada o menospreciada por algunos, se torna hoy un tema de sumo interés para toda sociedad con intenciones reales de alcanzar el desarrollo.

El secularismo extremo, así como la imposición de los preceptos y convicciones de una minoría— sea esta religiosa o no— socava la libertad de los individuos y pisotea la dignidad del ser humano y su libertad de creer, pensar y ejercer en función de los dictados de su propia conciencia. Debe abrirse, de forma seria, estructurada y participativa, un espacio más amplio para la discusión de tan importante tema para toda sociedad moderna, incluyendo la dominicana.

El facilitar la discusión, promover el dialogo y la generación de ideas en torno a cómo definir, administrar, promover y regular mejor las libertades religiosas en el país, y establecer un marco legal para que el gobierno pueda ejercer un justo arbitraje en las relaciones estado-religión, es una prioridad que no puede esperar y que reclama la atención de todos los grupos de incidencia nacional, tanto del gobierno como de los académicos e investigadores, las iglesias y las demás organizaciones de la sociedad civil.

Las organizaciones y los ciudadanos en general deben familiarizarse con el tema de la libertad religiosa y comprometerse con su causa, que es la causa de todos…la causa de la verdad que nos hace libres, tal como reza en su seno nuestro glorioso escudo de armas (Juan 8:32).

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